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domingo, 16 de septiembre de 2007

El regreso

Después de 5 días de aventuras, en los que acabamos más baldados que el equipo de "Al filo de lo imposible" en el ascenso al Everest, dedicamos las últimas horas en París a recoger con calma el chiringuito. Con calma pero con la tensión de temer una encerrona con la factura del hotel.

La estafa

Y es que habíamos hecho la reserva a través de edreams. A pesar de los muchos comentarios de los usuarios criticando el minúsculo tamaño de las habitaciones, fue su precio más o menos asequible y lo bien situado que estaba, en pleno centro a solo 200 metros del Louvre, lo que nos hizo decidirnos por él. En edreams especificaba que el régimen era con alojamiento y desayuno, pero en uno de esos grandes momentos de lucidez que tengo y por los que me he ganado el apodo de (modo sarcasmo on) "El cerebro" (modo sarcasmo off) se me pasó comprobarlo en el resguardo, y me di cuenta de que no especificaba por ningún lado el desayuno esa misma mañana.

Y dicho y hecho, la facturita nos vino con un regalo extra de 100 euros que tuvimos que pagar por los 10 desayunos (5 cada uno) que tomamos. Y ponte a discutir con el recepcionista cuando tu francés es peor que el de un chimpancé y tienes que estar en una hora en el aeropuerto. Si hasta ese momento el hotel había tenido un aprobado raspado, en ese momento suspendió sin posibilidad de ir a Septiembre. Es pues el momento de contar las delicias del "Louvre bons enfants".

Era pequeño hasta el desayuno

Los 5 euros por desayuno fueron un auténtico dolor. ¡Que desayunos! Tenían menos variedad que el fondo de armario de Homer Simpson, yo comí un día queso mohoso y más te valía no usar la tostadora más antigua del mundo ya que saltaban los plomos del edificio cada vez que la encendías (esto pasó al menos 2 veces).

El hotel, tal y como decían los comentarios de edreams, era minúsculo. Los pasillos eran tan estrechos que casi había que pasarlos de lado, lo cual no era nada fácil para alguien con barriga prominente como yo. Y menos mal que el último día no nos cruzamos por ellos en con ningún grupo de turistas, el atasco hubiera sido tal que no hubiéramos llegado a tiempo al aeropuerto.

Dentro de estos pasillos, las habitaciones estaban pegadas a otras que una noche, de madrugada, llegaron los inquilinos de la habitación que teníamos al lado y el ruido de la llave en la cerradura era tal que pensamos que estaban intentando entrar en nuestra habitación. Del susto casi me tiro por la ventana, que por otra parte, estaba justo al lado de la cama.

Pero la estrechez de los pasillos no hacía más grande las habitaciones. Eran tan pequeñas que no había sitio para las maletas. Margarita tenía la suya sobre una mesita y la mía tenía que ponerla sobre una minibutaca. Estábamos tan cerca de la tele que el mando a distancia era estrictamente decorativo y para entrar al baño casi había que desplazar la cama porque la puerta era más grande que toda la habitación.

Revueling

Una vez en el aeropuerto piensas tanto en la llegada que se te olvida el tema hotel. Sobre todo se te olvida cuando vives la experiencia de Vueling, que en el viaje de ida fue muy bien, pero en la vuelta... Nada más sentarnos, la tripulación nos presentó al piloto, un griego al que para mantener en el anonimato llamaremos Starbos F., o mejor, S. Filipousis (nota del autor: me he inventado el nombre para evitarme represalias de este hombre). El comandante Filipousis era un tío muy majo, no quiso que nos aburriéramos y puso el modo turbulencias ON. Pero bueno, esto al fin y al cabo confiaba en que fuera cosa de las condiciones atmosféricas. Sin embargo me entró la duda de las capacidades de pilotaje de Filipousis cuando iniciamos las maniobras de aproximación a Madrid. El comandante volvió a demostrar sus buenas maneras y decidió que todos teníamos derecho a disfrutar del paisaje: ahora doy un bandazo a la derecha y los de la derecha ven el suelo madrileño, ahora doy un bandazo a la izquierda y lo vemos los del lado izquierdo. ¡Que majo! Y por si nos lo habíamos perdido, lo repitió unas 10 veces.

Después de 5 días de aventuras, de dolores, cansancios y un vuelo digno de Aeropuerto 77, pisamos por fin suelo madrileño, Margarita diciendo "no vuelvo a montar en avión" y yo besando el suelo como el Papa.

Menos mal que el susto se nos pasó en unos días y ya pensamos en nuestro próximo viaje...

lunes, 10 de septiembre de 2007

El Arco del Triunfo y la rue Faubourg-Saint Honoré

A pesar de mi insistencia en comprar algún recuerdo en las tiendas de souvenirs de la rue Pigalle, Margarita me llevó al Arco del Triunfo. Estuve enfurruñado 10 minutos.

El Arco del Triunfo

Cuando se me pasó el enfado me puse a ver el famoso monumento. Está situado en el interior de una enorme rotonda a la que los turistas acceden de dos maneras posibles: los desequilibrados mentales se lanzan a la aventura cruzando la rotonda y esquivando los coches; los turistas normales cruzan por un subterráneo. Luego estamos los turistas-seta como Margarita y yo, que tras 5 días pateándonos la ciudad nos conformamos con verlo de lejos. Tampoco hay mucho que ver, teniendo la torre Eiffel, Notre Dame o el Sacre Coeur esto se me queda corto.

Estando allí disfrutamos de un momento-emoción. Cerca de nosotros, una pandilla de jovencitos españoles estaban armando más bulla que el fondo sur del Bernabeu en un Madrid-Barça. Lo que me tocó la fibra sensible es oír como esta chiquillería empapaba a los franceses de cultura española cantando el “No nos moverán” del siempre querido Chanquete (que en paz descanse).

La rue Fauburg-Saint Honoré

Chanquete y el Arco del Triunfo...semejante mezcla nos hizo temer que se rompiera el continuo espacio-tiempo y huimos de allí antes de que fuera demasiado tarde. Y llegamos a la rue Faubourg-Saint Honoré, una de las calles más caras de Europa. La tienda más cutre es de Versace, es una calle tan pija que no te dejan pasear por ella con zapatillas deportivas. Yo tuve que alquilar una corbata para recorrerla.

Rolls Royce en la rue FaubourgTeníamos intención de tomar fotos de los escaparates, pero en la primera tienda, no sabría decir si era un dependiente o un armario empotrado de 2x3 nos miró con cara de pocos amigos. A mi me sonaba su cara de haberle visto en “Los más buscados”, así que consideramos más prudente sacar las fotos de una revista Vogue.

Como ejemplo de lo que vimos en esos escaparates, a mi casi se me desprenden las retinas cuando vi el precio de un minibolso tan pequeño que en él no cabría la tarjeta de crédito con la que tendrías que pagarlo. Tenía el módico precio de 8000 euros.

El Sacre Coeur y Montmartre

El Sacre CoeurEn mi primer viaje a París no tuve la oportunidad de visitar el Sacre Coeur y Montmartre ya que éste es un barrio relativamente alejado del centro y no tuve tiempo. En esta ocasión, sin embargo, estaba convencido de visitarlo.

Las tiendas de souvenirs

Lo primero que uno se encuentra al salir del metro de Anvers, ya en el barrio de Montmartre, es la rue de Steinkerque, una calle donde en 100 metros hay 3659 tiendas de souvenirs. Nos las recorrimos todas.

Hora y media más tarde llegamos a los pies de la colina sobre la que se asienta el Sacre Coeur. Aun quedaba una buena subidita hasta la basílica, para la cual teníamos dos opciones, un funicular y unas interminables escaleras tan largas que hubiéramos necesitado un sherpa para subirlas. Así que, junto con otros 1000 turistas, nos fuimos hacia el funicular.

La basílica

Cuando llegamos a la basílica pudimos disfrutar de unas vistas panorámicas espectaculares de París. Además, el exterior del Sacre Coeur es espectacular, muy monumental. Todo esto hace que se trate de uno de mis monumentos favoritos de París, dominando desde aquí la ciudad no solo proporciona unas vistas preciosas sino que encima se le puede ver desde muchos puntos de París. Pero ahí no acaba todo. El Sacre Coeur visto desde Notre DameAquí tuve otro momento friki del viaje. Soy un auténtico fanático de la película Amelie y en el parque de la basílica se rodó una de las escenas más importantes y largas de la película. Me lié a tirar fotos a cualquier chorrada que me recordara a la película hasta que vi que Margarita me miraba con cara como de decir “¡Que tío más friki!”.

El boulevard de Clichy

Continuamos el paseo por la famosa rue Pigalle, llena también de multitud de tiendas de souvenirs con los simpáticos nombres del estilo de “Sexódromo” o “Peep show Pigalle”.

En esta misma calle se encuentra el Moulin Rouge que, por el día, resulta como poco decepcionante y su fachada es más sosa que la comida de un hospital. Aunque por la noche me han dicho que mejora muchísimo. No se, será que sale Nicole Kidman a recibirte.

El cementerio

Acabamos finalmente el recorrido por el barrio en el cementerio de Montmartre, aunque estuvimos poco tiempo dentro ya que nuestro aspecto físico era lamentable y podríamos ser confundidos con cadáveres con cierta facilidad.

jueves, 6 de septiembre de 2007

El metro

Metro de ParisEl penúltimo día en París fue el que más usamos el metro, en parte por nuestro cansancio y en parte para amortizar algo el bono transportes. Este bono cuesta 45 euros, tiene validez para 4 días y permite cualquier viaje en metro o RER entre París y puntos como Versalles o los 2 aeropuertos. En un principio a Margarita y a mi nos pareció obvio el tener que comprarlo. Al final del viaje nos pareció una mala compra. Si el hotel está en el centro, como lo estaba el nuestro, la mayoría de los desplazamientos se harán a pie y no se amortiza, para nada, el billete.

Un viaje al pasado

Entrar en el metro de París rejuvenece, si tienes 70 años creerás que tienes 20, porque se conservan los mismos vagones que tenían cuando se fundó. Eso sí, parece que van algo más rápido que entonces, lo cual se nota mucho cuando tienes que bajarte en alguna estación...si ese es tu caso, más vale que seas el campeón del mundo de gimnasia rítmica en la modalidad de aparato suelo, si no, vas listo, ya que tienen la bonita costumbre de abrir las puertas en movimiento y parar sólo como 2 segundos, que digo yo, que para eso no paren y así ganan tiempo. Aunque claro, tendrían que acolchar los andenes y eso cuesta dinero.

Yo creo que cuando se repartieron las escaleras automáticas en Francia, todas se las llevó el Centro Pompidou, quedándose el metro sin ninguna. Esto viene muy bien a los turistas que, cargando a pulso con las maletas, acabamos echando unos bíceps que ya los quisiera para sí Schwarzenegger.

Y qué decir de los trasbordos. Hay tanta distancia entre las distintas líneas que deberían poner un servicio especial de autobuses para ir de una a otra.

Cosas buenas

Para ser justos, hay varios aspectos del metro de París que me gustaron especialmente.

El primero: daban la mayoría de los mensajes de megafonía, además de en francés, ¡¡en castellano!!. La primera vez que los oí pensé que éramos el objetivo de una cámara oculta. Teniendo en cuenta que cuando estuve en Eurodisney me encontré con atracciones con los rótulos en francés, inglés, alemán, italiano y portugués ¡y ni rastro del castellano!, pues oír los mensajes en mi idioma me resultó, como poco sorprendente, ¡casi me emociono!

El segundo aspecto que me gustó, además especialmente: La señalización de las salidas. Numeradas. Tú te fijas en el mapa, miras la salida que te interesa, te quedas con el número, sigues las indicaciones para ese número y sales por donde quieres. No como en el metro de Madrid, que en Sol buscas la salida a la calle del Carmen y acabas saliendo por Arturo Soria.

El tercero: A diferencia de la primera vez que visité París, esta vez habían desaparecido los malos olores, lo cual es un alivio durante la media hora que tardas en cambiarte de línea o salir a la calle.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

El museo Rodin y los Inválidos

Al salir de Orsay, nuestro estado físico era tan lamentable como el de Tom Hanks en Naufrago, solo que encima nosotros no teníamos una pelota de voley que nos amenizara la jornada. En esos momentos, yo calculaba que tendría 6 fracturas y 2 esguinces en mi pie derecho, y una luxación de pelvis. Era tal nuestro estado que decidimos cambiar los planes para el resto del viaje, en lugar de pegarnos el palizón esa tarde y visitar Versalles al día siguiente, cancelaríamos Versalles y veríamos el resto de París con más calma.

El museo Rodin

Así que nos fuimos al museo Rodin, que pillaba muy cerquita de Orsay. El museo Rodin es magnífico, tiene un jardín con unos bancos estupendos donde puedes descansar bien a gusto. ¿Las esculturas? Pues desde el banco no se veían muy bien, pero al salir nos cruzamos con El pensador y El beso, que hacen honor a su fama. También pasamos por la tienda del museo, pero solo porque nos pillaba de camino hacia la salida, si no, ni entramos. Las reproducciones eran tan caras que pensamos que estarían hechas por el propio Rodin.
El pensadorEl beso













Los Inválidos

Y desde el museo Rodin nos dirigimos directamente a los Inválidos, como no podía ser de otra forma, para ver si nos podían inscribir a Margarita y a mí. Los Inválidos es magnífico, tiene un jardín con unos bancos estupendos donde puedes descansar bien a gusto. En el interior de los Inválidos se encontraba la tumba de Napoleón y una exposición de la Segunda Guerra Mundial con muy buena pinta, pero ambas visitas las descartamos porque no podíamos más.

El regreso al hotel

La parada de metro más cercana nos pillaba tan lejos que casi nos compensaba volver andando al hotel, y eso hicimos. De modo que en el paseo pudimos disfrutar de la enorme Explanada de los Inválidos y del Gran Palacio y del Pequeño Palacio, para terminar en la Plaza de la Concordia. La Plaza de la Concordia es magnífica, tiene un jardín con unos bancos estupendos donde puedes descansar bien a gusto.

sábado, 1 de septiembre de 2007

El museo Orsay

Las consecuencias del ascenso a Notre Dame aparecieron en todo su esplendor a la mañana siguiente en forma de un terrible dolor en mi pie derecho que acabaría por amargarnos el resto del viaje. Pensé en la amputación, pero con eso, lo único que conseguiría era trasladar el dolor unos centímetros más arriba. Dado que cometí el terrible error de no traer en mi equipaje morfina, no me quedó más remedio que aguantarme. Aquella era una manera estupenda de celebrar que aquel mismo día pasaba a formar parte del club de los 30, ¡menudo cumpleaños!. Los achaques de la edad se hacían notar ya y por si fuera poco, durante la noche me habían salido más canas. Traté de engañarme a mi mismo pensando “pues George Clooney tiene también canas y es un hombre muy interesante”, pero claro, el no tiene una barriga del tamaño del monte Fuji como tengo yo debido a mi dieta mediterranea consistente básicamente en gusanitos, donuts y ketchup.

El podologo

El caso es que para celebrar mi cumpleaños, habíamos reservado aquella mañana para la visita más esperada por mí de todo el viaje, el museo Orsay. Decir que soy un apasionado del arte impresionista, o impresionante, como yo prefiero llamarle, es quedarme corto, y visitar la catedral mundial del impresionismo era para mi algo esperadísimo. Sin embargo, la visita tuvo que esperar un poco ya que debido a mi intenso dolor de pie tuvimos que pasar antes por un podólogo que había junto al hotel. Imaginaros las dificultades para hacernos entender, si ya me cuesta decir “hola” o “adios” imaginad decir “metacarpo”, “muscular” o “talón”…El caso es que no se como, pero nos hicimos entender, y al final saqué en claro que el podólogo no tenía hora para aquél día, así que me tocó aguantarme.

Por fin, el museo

Reloj de la antigua estación de trenes, ahora museo OrsayY llegamos al museo. El edificio es una antigua estación de tren reconvertida, y salvo el enorme reloj que daba la bienvenida al visitante, el resto del edificio me decepcionó debido a su escaso tamaño, aunque claro, después de ver el Louvre, casi cualquier cosa parece pequeña. Y, ¿qué puedo decir del contenido del museo? Pues que cumplió todas mis expectativas. Se confirmó como mi museo favorito. Tengo que confesar que en algún momento tuve que contener la emoción ante mis 2 cuadros favoritos, Las amapolas de Monet y El moulin de la Galette de Renoir. Pero no fueron las únicas obras que me dejaron flipándolo literalmente, aunque si tuviera que enumerarlas todas colapsaría Internet por el tamaño de mi post. Si tengo que quedarme con algo elijo la sala Monet, en la que podría haber estado 3 horas perfectamente.

Sala Monet'Las amapolas' de Monet







Tal y como me esperaba, en la tienda del museo me dejé la mitad de mi sueldo en reproducciones y libros. Compré tantas cosas que podría montar en Madrid una franquicia del museo.

Y para redondear la mañana en Orsay, decidimos comer allí y como ya comenté en un post anterior, fue una elección estupenda, buena comida, muy buen servicio, un lugar espectacular y por si fuera poco, un precio bastante asequible, 15 euros por persona.

viernes, 31 de agosto de 2007

Notre Dame

Notre Dame siempre me ha recordado a Britney Spears, preciosa por fuera pero vacía por dentro. Me lo pareció la primera vez que fui y me lo pareció de nuevo en esta ocasión. La decoración exterior es genial, con esas torres y sobre todo las gárgolas. Sin embargo, de su interior solo destacaría el rosetón central.

La verdad es que esta vez tenía ganas de visitar la catedral para poder subir a las torres, ya que varios amigos me lo habían recomendado fervientemente. Ahora esos amigos están en busca y captura y juro que me vengaré de ellos en esta vida o en la otra. Pero vayamos por partes.

La espera

Notre Dame y la puesta de SolEl bono museos era válido para entrar en Notre Dame, pero en este caso excepcional no permitía saltarse la cola por motivos de seguridad, así que tuvimos que esperar la cola como todo hijo de vecino. La espera se nos hizo amena porque estuvimos haciendo escapadas por turnos a las tiendas de souvenirs que teníamos enfrente. Además, la espera me sirvió para aprender un juego japonés similar al piedra, papel o tijera con el que una familia de turistas nipones que tenía al lado se estuvieron entreteniendo todo el rato; los jugadores juntaban las manos como cuando juegas al voley y el que la ligaba levantaba uno de los pulgares, teniendo que imitarle el resto; me gustaría saber el nombre, si lo conoces, deja el comentario, please.

El infierno

Tras hora y media de espera nos tocó el turno, y junto a otras 15 o 20 personas iniciamos el asenso a las torres, o como yo prefiero llamarlo, nos adentramos en el infierno. Así que empezamos a subir las interminables escaleras ¡y que horror! A ver, yo no soy imbécil (a pesar de lo que digan mis tests de inteligencia), no esperaba que hubiese un ascensor, pero aquello fue demasiado. No me extraña que fuera la morada del Jorobado, es que cualquiera que hubiera vivido allí habría acabado con chepa de subir y bajar día tras día esas escaleras.

En total son unos 350 escalones y su problema, más que el número, es que no hay descansillos, y debido a su estrechez, ya que no miden más de medio metro, impiden que te pares ya que provocarías un atasco que ni la Castellana en hora punta. Así que no te queda más remedio que subir del tirón todas las escaleras. Tengo que confesar que uno ya no es el joven activo y vital que era hace unos años, o unas décadas, y puede que eso me influyera para no aguantar nada, pero la verdad es que el ascenso tuvo más consecuencias físicas negativas de las que en su momento pensé.
Vistas con gárgolasVistas con gárgolas







La recompensa

Pero lo mejor lo encuentras arriba, en las torres, junto a las gárgolas. Unas vistas espléndidas de París, bastante fotogénicas, de hecho creo que, con diferencia, aquí saqué las mejores fotos. Las gárgolas con París al fondo, con la torre Eiffel, el Sacre Coeur…dan mucho juego. Si tengo que dar una opinión definitiva de Notre Dame diría que, si no sois unos viejos achacosos como yo, merece mucho la pena la subida. Si no queréis aguantar una hora de cola y 350 escalones, aprovechad mejor para ir a otro sitio.

jueves, 30 de agosto de 2007

Le Marais y el museo Picasso

La visita al museo Picasso la aprovechamos para conocer un barrio que nos habían recomendado, Le Marais, el barrio medieval y judío de París. El barrio, efectivamente, es muy bonito y te encuentras sinagogas cada pocas manzanas. Además, me dio la sensación de que era bastante tranquilo. Comimos por allí y bastante bien, por cierto; unas croques, algo parecido a las tostas, la mía con queso, como no, la de Margarita con paté.

El museo

Tras comer buscamos el museo Picasso. Nos costó bastante encontrarlo porque el plano de acceso era cubista. De acuerdo, es broma. El museo, aunque escondido, está muy bien señalizado por todo el barrio, y no tiene pérdida. Es bastante grande y si a uno le gusta Picasso es una visita ineludible. Es una muestra perfecta de toda la obra del pintor. Puede que le falten cuadros más destacados, que estén en el Reina Sofía o en el museo Picasso de Barcelona, pero en cualquier caso, el de París es estupendo, con representaciones muy buenas de cada una de las etapas del pintor. Así, alguien como yo, que no soy un gran fan de Picasso ni se mucho de él, salí sabiendo mucho más de su vida, de su obra y encima me gustó mucho alguna de sus etapas, la rosa, en concreto.

Entre lo que más me gustó estaba una “escultura” de un mono hecha con objetos cotidianos, como, por ejemplo, su cara, que era el frontal de un coche de hojalata. A Margarita le gustaron muchos de los cuadros, sobre todo de los numerosos retratos de Dora Maar y de su hija Maya.

Retrato de 'Maya con muñeca' de Picasso










Retrato de "Maya con muñeca" de Picasso

Al salir de la exposición disfrutamos de un largo descanso en el jardincito que tiene el museo, y es que, estábamos a mitad del viaje y las energías ya empezaban a faltar...

Las galerías Lafayette

El tercer día me quedó bastante claro que leí mal la web de weather.com y los 27 grados que nos pronosticaba para esos días eran en realidad bajo cero. Seguía haciendo tanto frío como el primer día, y yo pude sobrevivir gracias a mi frikada de sudadera con Gordi, el de los Goonies, haciendo el supermeneo. Pero Margarita iba menos preparada de lo que iría yo a un examen de física cuántica. Así que no nos quedó más remedio que adelantar nuestra visita a las Galerías Lafayette para comprar lo que fuera, un plumas, forro polar, hasta una funda nórdica si no quedaba más remedio.

Como El Corte Inglés pero a la francesa

Yo al menos pensaba que todo lo que nos encontrásemos allí tendría precios desorbitados, y aunque era algo carillo, tampoco fue para tanto. Además, tuvimos la suerte de pillar las rebajas, y al final, Margarita encontró solución a su problema de vestuario por un módico precio.

Las Galerías son bastante bonitas, con un “patio interior” rodeado por lo que parecen palcos de ópera en cada una de las 4 plantas del centro comercial. Eso sí, su famosa cúpula no es para tanto y todo el complejo, formado por 3 edificios me pareció en general bastante pequeño. En poquito tiempo, Margarita y yo nos recorrimos uno de ellos entero. Lo que nos pareció más curioso es que, aunque distribuyen la ropa en expositores como en nuestro Corte Inglés, a diferencia de éste, las Lafayette venden ropa de tiendas como Zara o Bershka - la representación española - entre otras muchas marcas.

Galerías Lafayette desde la 4ª planta













Las galerías Lafayette desde la 4ª planta

miércoles, 29 de agosto de 2007

El centro Georges Pompidou

Hace cosa de 2 años, Telemadrid emitió un reportaje sobre ARCO, la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid, y en él, el periodista confundió la mochila que un estudiante había dejado en el suelo, con una obra de la exposición, tal y como lo cuento. Esto define para mí perfectamente el arte contemporáneo, algo que se puede confundir con una mochila de colegio.

Morralla y no morralla

Así que, mucho me temía que el Centro Pompidou, el museo parisino de arte contemporáneo, no me iba a gustar mucho, que lo que me iba a encontrar dentro era morralla. Y me equivoqué, lo que me encontré dentro no fue morralla, sino...mucha morralla. Podría poner alguna foto de las “interesantes” esculturas que Margarita y yo nos encontramos dentro, pero por respeto a su autor no lo haré.

Bueno, vale, soy muy exagerado y me dejo llevar, no todo es morralla. Había varios Picasso, no muchos porque la mayoría están en su propio museo, que merecían la pena verse. Pero para mí, lo mejor del Centro Pompidou no estaba en su colección permanente. Para mí, merece la pena ser visitado por los siguientes motivos:


El edificio, arquitectónicamente hablando es muy bonito, con unas escaleras exteriores acristaladas que proporcionan una bonita panorámica del barrio. Tiene en su interior una enorme librería de arte, aunque eché en falta libros en castellano. Es otra de las pocas atracciones turísticas de París que cierra tarde, a las 21:00 exactamente. Y sin duda, el barrio donde se sitúa, Les Halles, es el más animado y con más ambiente de los que Margarita y yo vimos en París. Cenamos allí 2 veces, en un McDonalds y en un italiano.
Centro Georges Pompidou







Centro Georges Pompidou

lunes, 27 de agosto de 2007

El tour de Francia

Tengo que confesarlo, realmente quería ir a París para disfrutar del himno español en los Campos Elíseos. Como en el anuncio de mastercard, ver la bandera española ondeando en la plaza de la Concordia no tiene precio. Y es que nuestro viaje coincidía con el final del Tour de Francia 2007 y Alberto Contador, el ciclista de Parla, era el flamante ganador del maillot amarillo. Me hubiera hecho mucha ilusión ver la entrega del trofeo, esa oportunidad no la tiene uno todos los días, pero una vez allí nos dimos cuenta de que era imposible. La mayoría de las calles estaban cortadas y había tal cantidad de personas que por un momento pensé que estábamos en la cola de la torre Eiffel. La verdad es que ver a tanta gente me sorprendió ya que este año hubo mucha polémica con el dopaje, pero, a pesar de todo, quedó clara la gran pasión que los franceses demuestran por el ciclismo. Ya que no íbamos a ver la entrega de premios, al menos queríamos ver el paso de los ciclistas por los Campos Elíseos. Fue difícil encontrar un hueco entre tanta gente, y al principio estábamos tan lejos que hubiéramos necesitado el Hubble para distinguir algo. Y dándonos por vencidos, mientras volvíamos al hotel encontramos el hueco perfecto y allí nos quedamos. Y pudimos ver en primer plano el paso de los ciclistas, pasaron tantas veces que nos dio incluso para grabar un video.

domingo, 26 de agosto de 2007

El museo del Louvre

Pirámide del museo del LouvrePara mí, junto a la torre Eiffel, el Louvre es el otro sitio de obligada visita cuando uno viaja a París. Se trata probablemente del museo más famoso e importante del mundo, entre otras cosas, debido a su descomunal tamaño. Es tan grande, que en el ala dedicada a Egipto podría caber todo Egipto. A la entrada te dan un plano, aunque vendría bien que de paso te dieran una brújula y un par de bengalas luminosas por si te pierdes dentro, lo cual no es difícil debido a lo laberíntico de sus salas.

Si quieres verlo bien, en su totalidad necesitas más de los 22 días de vacaciones que te da la empresa, por lo que Margarita y yo optamos por crearnos un itinerario para ver las obras más importantes y aquellas que, sin ser tan importantes, nos gustaran especialmente.Sala con esculturas del museo del Louvre

Así, partiendo del hall central, visitamos el Antiguo Oriente y parte de la colección de pintura, encontrándonos en nuestro camino con la Victoria de Samotracia, la Venus de Milo y el sarcófago de los esposos Cerveteri.

Las salas del Antiguo Oriente

Margarita y yo teníamos especial interés en visitar las salas dedicadas a Mesopotamia y ¡madre del amor hermoso! ¡anda que no les gusta rapiñar a los franceses! Viendo la infinidad de piezas y obras que tienen de esa época y región uno se pregunta, ¿qué leches dejaron para los mesopotamios? Aquí uno puede contemplar, entre otras cosas el friso de los arqueros del palacio de Darío en Susa, los toros alados (lamassu) del palacio de Sargón II en Jorsabad, las esculturas del príncipe Gudea de Lagash, la graciosa estatuilla del hombrecillo con falda de mechones de oveja (kaunakes) y ojos de lapislázuli y el código de Hammurabi de Babilonia.
Toros alados (lamassu)Escultura del príncipe Gudea de LagashKaunakesCódigo de HammurabiFriso de los arqueros








De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Toros alados (lamassu), escultura del príncipe Gudea, escultura de hombre con típico kaunakes, código de Hammurabi y friso de los arqueros.

Antigüedades egipcias, griegas, etruscas y romanas

Durante nuestro paseo nos encontramos con algunos de los personajes más simpáticos de la historia de la antigüedad, a saber: el escriba sentado egipcio, los esposos etruscos del sarcófago Cerveteri, la Venus de Milo y la Victoria Alada de Samotracia, conservando los 2 primeros la policromía original como se puede apreciar en las fotos adjuntas. La Victoria de Samotracia es la que da la bienvenida al museo al visitante. La Venus de Milo me decepcionó profundamente, estaba tan deteriorada que le faltaba ¡no uno! sino los 2 brazos.
Escriba sentadoVictoria de SamotraciaSarcófago de los esposos Cerveteri







De izquierda a derecha y de arriba a abajo: Escriba sentado, Victoria de Samotracia y sarcófago de los esposos Cerveteri.

La colección de pintura

El Louvre funciona así: tenemos 100 cuadros de Corot y una sola sala para él, ¿qué cuadros ponemos? ¡pues pongámoslos todos!. Algunas salas eran realmente agobiantes, con cuadros colocados tan arriba que yo no llegaba a verlos, lo cual tampoco es muy difícil porque mido 1’60, pero eso es otro tema.

La colección de pintura del Louvre me parece lo más flojo del museo. No es mala ni mucho menos, que conste, pero siendo un asiduo visitante como soy del Prado, que me parece de largo la mejor pinacoteca del mundo, el Louvre se me queda corto.

De su colección yo destacaría el diminuto La encajera de Vermeer y El astrónomo del mismo autor. La colección de Ingres, un salido que solo pintaba tías en pelotas. Los impresionantes paisajes de Corot. A Margarita le gustó especialmente La Virgen del Canciller Rolín de Van Eyck. Y por supuesto hay que mencionar la Gioconda, de Leonardo da Vinci, aunque en este caso tengo que hacer un inciso. La Mona Lisa me parece el mejor caso de marketing de la historia del arte, es una buena obra, desde luego, pero hay 1001 obras mejores. Y ni mucho menos justifica la que hay montada a su alrededor, cristales antibalas (¡¿quién leches querría disparar al cuadro?!Ni que la fuera a matar…), seguratas, cordones de seguridad...y el cuadro se ve a 10 metros, entre una marabunta de gente que parecía aquello el rodaje de Cleopatra. Y eso teniendo justo enfrente el impresionante Las bodas de Caná de Veronés, al que nadie estaba haciendo ni puñetero caso.
La bañista de Valpinçon de IngresLa virgen del Canciller Rolín de Van EyckSala de la Gioconda








De izquierda a derecha y de arriba a abajo: La bañista de Valpinçon de Ingres, La virgen del Canciller Rolín de Van Eyck y la sala de la Gioconda

Pero hay otras pinturas en las que también merece la pena detenerse, como La Libertad guiando al pueblo y La muerte de Sardanápalo de Delacroix o La coronación de Napoleón I de Jacques-Louis David…

sábado, 25 de agosto de 2007

Cenando (y comiendo) por París

La primera salida para cenar iba yo con algo de miedo, ¿nos apañaríamos bien después de mis desafortunadas experiencias hace 10 años?

La dichosa jarra de agua

Tras los 5 días, la conclusión más importante que saqué es que, cuando uno quiera disfrutar de la hostelería parisina tiene que saber decir “carafe d’eau” (se dice algo así como “caraf do”) y que en castellano significa “jarra de agua”. Si no, estás perdido.

Durante nuestra estancia allí, el PIB de Francia subió un 20% gracias a los generosos donativos que Margarita y yo hicimos consumiendo sus “económicas” botellitas de agua Vittel, Evian o San Pellegrino. Daba igual cómo la quisiéramos pedir, el caso es que nunca nos traían la jarrita de agua y siempre una botellita de las mencionadas, al precio de 3’5 euros (la más barata) los 33 cl. La San Pellegrino merecería un post a parte, algo más de 4 euros, con más gas que agua y un sabor más amargo que el final de Bambi. Eso sí, como purgante no tiene precio.

Lo más curioso del asunto agua es que cada vez que nos pedíamos un helado, ¡nos ponían una jarrita de agua y dos vasitos sin pedirla nosotros! Visto lo visto, a lo mejor la solución en los restaurantes era pedirse un banana split de primer plato.

Malentendidos y decepciones

Para comer por París también es importante tener en cuenta que la mayoría de los hosteleros franceses no parecen estar muy acostumbrados a la acción de señalar el menú. Así que, o tu pronunciación es perfecta o despídete de que te traigan lo que has pedido. Pero, fíjate que cosas, que siempre traían algo muy parecido a lo que habías pedido pero un poco más caro, y claro, como el menú no lo entiende ni su tía, pues hasta que no veías la cuenta no te dabas cuenta del “error” a su favor.

Otra cosa, si quereis pediros un café con leche, no pidais un "cafe au lait", como más de uno pensábamos que se decía, sin duda debido al personaje Cafe-olé de la sensacional (sin sarcasmo) película Top Secret. Un café con leche en Francia, se dice crême.

Para acabar con las cosas negativas, Margarita, que iba con intención de degustar lo que en teoría son los mejores croissantes y crepes del mundo, volvió del viaje algo decepcionada, tal vez tuvimos mala suerte eligiendo el sitio donde probarlos...

Cosas buenas, que haberlas haylas

Pero bueno, no todo fue negativo, además, para ser justos, lo de malinterpretar el menú solo nos pasó 3 veces. Tuvimos buenas experiencias, como en el restaurante del museo Orsay, superchulo y 15 euros por persona, pero sobre todo el penúltimo día. Ese penúltimo día comimos en un restaurante junto al cementerio de Montmartre donde su dueño, un chico muy simpático, hizo esfuerzos en explicarnos en español todo el menú. Y por la noche cenamos en un restaurante pequeñín, cerca del barrio del hotel, por el Louvre. El sitio, decorado con recuerdos de un cantante francés y con camisetas de rugby de muchísimos equipos y países, lo llevaba un chico negro que probablemente era el francés más simpático de París, no dejó de sonreír en toda la noche y también nos explicó pacientemente la carta.

Platos del museo Orsay: Pescado y quesos




Los platos que nos pedimos en Orsay. Plato de pescado para Margarita y tabla de quesos para Wonton.

Y es justo decir que íbamos bastante acongojados con el tema del precio de los restaurantes y, exceptuando los incidentes con el agua y los platos equivocados, no tuvimos problemas en encontrar menús interesantes por 12 euros por persona, que para lo que esperábamos, y para la zona donde nos movíamos, estaba muy bien.

viernes, 24 de agosto de 2007

La torre Eiffel

La primera visita que hicimos fue a la Torre Eiffel, el que para mí es, con mucha diferencia, el monumento más bonito de todo París.

Dado que el bono museos solo tiene validez para 4 días y que no incluye la torre Eiffel, la visita a la misma tenía que ser el primer o el último día del viaje. Y nos decidimos por el primero aprovechando que se nos había hecho tarde y que la torre es de las poquísimas atracciones parisinas que cierra más tarde de las 18:00, para ser exactos ¡a las 00:45!.

La cola más larga del mundo...

La torre Eiffel desde TrocaderoYa estábamos avisados de las colas que nos esperarían, pero lo que nos encontramos superó todas nuestras expectativas. Al principio pensé que alguien repartía entradas para un concierto conjunto de los Rolling y U2, luego me di cuenta de que solo esperaban para comprar el ticket y subir a la torre.

Y a Margarita y a mi nos entró la duda y nos planteamos si merecía la pena esperar tanto y casi dar por perdida toda la tarde. A pesar de no estar incluido en el bono, el precio no era especialmente caro, subir a cada nivel costaba 4’5, 7’8 y 11’5 euros respectivamente, por lo que era un tema casi exclusivamente del tiempo de espera.

Weather.com

Y digo casi porque el tema que finalmente nos hizo convencernos de no subir fue el tiempo que nos encontramos. Mira que antes de salir miramos la web de weather.com, de cierto prestigio, para ver el tiempo que nos haría, pero se ve que en verano, la web la debe actualizar un mono ayudante, porque no dio ni una, oiga. A unos 27ºC estaríamos. Pues ¡con 19 graditos nos encontramos! Y con un viento tan intenso que se me despeinaban hasta las cejas. Y nosotros casi en bañador. Así que entre la cola que había y la casi seguridad de que ahí arriba moriríamos de hipotermia decidimos dar un paseo por el barrio y dejar la torre para una mejor ocasión, que no llegó.

Yo en mi anterior viaje ya tuve la oportunidad de subir a la torre, no hacerlo esta vez no me suponía un trauma, pero lo sentí por Margarita ya que ella no había podido hacerlo. En todo caso, creo que hicimos muy bien, mi consejo es que, o se tiene mucho tiempo, o no merece la pena perder una mañana o una tarde en subir. París tiene muchos sitios que proporcionan unas vistas espectaculares y con mucha menos aglomeraciones, por ejemplo, el Sacre Coeur o Notre Dame, vale, no son la torre Eiffel, pero no se puede tener todo.

Trocadero

El paseo que nos dimos estuvo bastante bien. Recorrimos el Campo de Marte, un parque enorme con muchísimo ambiente a pesar del frío. Después desandamos el camino y cruzamos el Sena hasta Trocadero. Varios grupos de músicos callejeros, bailarines y jóvenes que hacían malabares con balones de fútbol amenizaban a todos los que pasaban por ahí. No nos quedamos mucho, solo buscábamos una boca de metro donde meternos y coger algo de calorcito.

Sí, sí, sí, nos vamos a París

Hace 10 años visité París por primera vez, bueno, para ser exactos, visité Eurodisney e hice una escapadita a París. En los apenas 2 días que estuve en la ciudad, mi grupo y yo nos pegamos tal palizón tratando de verlo todo que acabé con unas ampollas que bien hubieran servido de carpas al Circo del Sol. Aun tengo las cicatrices. Si a esto le añadimos los varios incidentes diplomáticos que se produjeron durante el viaje, volví a España con una decepción bastante grande.

Y esa sensación tenía que quitármela de encima, tenía que darle una nueva oportunidad a la ciudad del amor, y qué mejor manera de hacerlo que viajando con mi novia, Margarita.

El nivel de francés que tenemos Margarita y yo deja bastante que desear, yo sólo se decir Zidane y “Allons enfants de la patrie” y ella..., bueno, prepara unas tortillas a la francesa de chuparse los dedos. Así que debíamos apañarnos en castellano y en inglés. Sobreviviríamos.

Los preparativos

Y nos pusimos a preparar el equipo:

Compramos un par de guías de París. La “París. Plano-guía” de Ediciones B, guía manejable, de bolsillo, y con planos bastante detallados de los 8 barrios más importantes, nos resultó muy útil, y por 10 euros fue muy buena compra.
En la Maison de la France de Madrid, situada en Plaza España, compramos el bono museos por 45 euros. Esto es totalmente imprescindible si vais a pasar unos días, permite el acceso gratuito a todas las atracciones turísticas de París (menos la torre Eiffel) y lo que es más importante, te permite saltarte las interminables colas, con lo que ganas bastante tiempo. También adquirimos aquí el bono trasportes por otros 46 euros, de este ya hablaré más adelante.
El vuelo lo cogimos por Vueling y el hotel por edreams, y de ambos, también hablaré más adelante.

Murphy a la francesa

Con todo listo, para allá que nos fuimos un Sábado de Julio de 2007. Llegamos al aeropuerto Charles de Gaulle a eso de las 14:00. ¡¡Y qué aeropuerto señores!! ¡¡Qué derroche de servicios y comodidad para el usuario!! Digamos que es un aeropuerto...minimalista. Gracias a Dios que enseguida salieron nuestras maletas, intactas, y pudimos salir de allí fácilmente.

Todo iba bastante bien, demasiado bien de hecho, sospechoso... y entonces la dura realidad. Tocaba salir del metro en Chatelet, para lo cual había que meter el bono transporte en la máquina canceladora (con puertas, que no tornos). Margarita no tuvo problemas, pero me tocaba a mi, y el billete que no funcionaba y venga a intentarlo de nuevo, probando permutaciones de posiciones y canceladoras y nada, las puertas que seguían cerradas. Allí estaba yo, sin poder salir, ¡atrapado en el metro de París!¡Y el billete me había funcionado en el Charles de Gaulle para entrar en el metro!¡¿Qué leches había pasado para que se estropeara en el trayecto?!.

Y empezó la desesperación, yo buscaba ayuda pero no había nadie por allí. Margarita, en un intenso arrebato de amor, acudió en mi ayuda pasando de nuevo a mi lado de la canceladora, pero cuando Murphy se pone, se pone pero bien, y las puertas de la canceladora se cerraron atrapando su maleta. ¡Y menos mal que fue su maleta! Si llega a ser ella la descoyunta. Que fuerza tenían las jodías, 2 minutos estuvimos entre Margarita y yo intentando sacar la maleta cuidando de no romperla. Por fin lo conseguimos, pero seguíamos con el mismo problema, mi billete no funcionaba.

Y tuvimos la idea feliz, cruzaríamos los 2 con el billete de Margarita, y en la taquilla intentaría arreglar el problema con el mío. Y eso hicimos. Y funcionó, aunque en el proceso, mientras el taquillero me miraba como si yo hubiera matado a alguien, tuve que aguantar ciertos gritos que no entendí. ¿Sería este el avance de lo que nos esperaría el resto del viaje?